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San Eutiquio de Constantinopla
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San Antimo y compañeros mártires
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Santo Hermano Pedro de San José de Betancurt
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
![]() SANTA MATILDE DE RINGELHEIM
Reina (893-968) Memoria libre 14 de marzo
El Imperio carolingio había desaparecido como un fuego fatuo que brilla repentinamente en medio de la noche. Primero, unos años de esplendor, debido al genio de un solo hombre; luego, un siglo de guerras, intrigas, venganzas, saqueos y desorden. De entre las ruinas habían salido reinos, principados, ducados y toda clase de señoríos. Uno de éstos era el de Enrique, duque de Sajonia, hombre apasionado de la caza y afortunado en la guerra. Ambicioso, sonaba con crear un reino; hermoso y joven, buscaba una princesa digna de él. Y sucedió que un caballero de su corte entró a rezar en la iglesia de una abadía. Entre las monjas que allí cantaban, vio una doncella cuya hermosura le sorprendió vivamente. Aquella noche contó al duque su aventura, afirmando que en todo el mundo no había tan bella mujer. Enrique recogió ávidamente sus palabras, y al día siguiente recorría, montado en su potro bávaro, el camino de Heriford. Entró en la iglesia sencillamente vestido, para no despertar sospechas, y quedó arrobado al reconocer la joven que le había pintado el cortesano. Estaba arrodillada, vestida con mucha modestia, con el salterio en la mano y enteramente absorta en la oración. «Brillaba—dice el cronista—con el fulgor nevado de las azucenas, y al mismo tiempo tenía el color encendido de las rosas.» Vuelto al lugar en que le aguardaban sus vasallos, Enrique se vistió las sedas y joyas del príncipe, ciñó la espada, montó a caballo, y algo después entraba en la cámara abacial de Heriford. La abadesa era una anciana venerable y de aristocrática Los hombres hacen muchas veces mal uso de la belleza; pero, a pesar de eso, Dios la ama, y con frecuencia se ha servido de ella para sus altos designios. Por la belleza de una princesa bretona, Santa Elena, ondeó la cruz en el lábaro de Constantino; por la belleza de Santa Clotilde se convirtieron los francos a la fe; es un poder irresistible el de la virtud realzado por la belleza. También la belleza de Matilde debía tener una influencia bienhechora. Por ella fue, primero, duquesa de Sajonia; después, reina de Germania y madre del restaurador del Imperio de Occidente. Lo que Santa Elena al lado de su hijo Constantino el Grande, eso fue Santa Matilde cerca de su hijo Otón el Grande. Pero la belleza fue en ella lo de menos. A través de aquellos encantos, que al principio deslumbraron sus ojos, vio Enrique en su alma el tesoro de la virtud más abnegada y de la más alta prudencia. Cuando fue nombrado rey por los príncipes alemanes, ella fue su mejor guía y consejero. En sus victorias, ella ponía el contrapeso de su dulzura y moderación, y en sus pesares, las sonrisas de ella le daban alientos para seguir luchando por la fe y por la justicia. Pocas veces hubo en la tierra dos corazones tan unidos. «Los dos—dice el hagiógrafo—fueron afortunados y merecieron las alabanzas de los pueblos. En ambos reinaba el mismo amor a Cristo, una misma unión para el bien, una voluntad igual para la virtud, la misma compasión para los subditos, y el mismo afecto entrañable hacia los desgraciados.» Cuando el rey murió, se fue sereno a la otra vida, confortado por la caricia alentadora de su esposa. En la última hora le decía: «¡Oh fidelísima y amadísima, gracias le doy a Cristo porque te deja todavía en la tierra; gracias te doy a ti, porque nadie encontró una mujer más firme! Tú mitigaste mis iras; me diste un buen consejo siempre que lo necesitaba; me apartaste muchas veces de la iniquidad, y me enseñaste a hacer misericordia con los oprimidos.»
Otón fue digno hijo de tal madre. Hizo justicia con sus vasallos, venció a sus enemigos, amparó a la Iglesia, protegió a los sabios y sujetó nuevos pueblos a la civilización del Evangelio. Un día, el Papa lo llamó a Roma, puso en sus sienes la corona de Carlomagno y lo nombró emperador de Occidente. Entre tanto, Matilde, cumplida su misión, vestía el hábito de San Benito, y con un breviario bellamente iluminado sobre sus rodillas, cantaba los salmos de David, lo mismo que en sus años juveniles. |
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